lunes, 17 de marzo de 2014

Fragmento | Rebelarse vende. El negocio de la contracultura | Heath ft Potter

Lo que subyace tras el eslogan de «Piensa globalmente, actúa localmente» es la creencia de que los problemas medioambientales se deben casi en su totalidad a la conducta del consumidor. De hecho, si rascamos la superficie de los actuales movimientos anticonsumistas y antipublicitarios descubriremos que en realidad son puro ecologismo disfrazado. Por eso las soluciones que proponen para los problemas medioambientales son similares a las propuestas contraculturales para corregir el consumismo: la responsabilidad individual mediante la educación cívica y la conducta individual mediante un estilo de vida concienciado, es decir, quien plante un árbol, vaya a los sitios en bicicleta e instale en su casa un sistema de reciclaje de residuos fecales estará salvando la tierra. La apoteosis de esta forma de pensar es la tienda THE Store de Vancouver (el acrónimo significa Total Home Environment o Entorno Doméstico Total), donde el comprador concienciado encontrará colchones y edredones de lana orgánica, un parqué de madera de bambú sostenible y muebles hechos de pino reutilizado. Ser virtuoso nunca sale barato, pero quien consiga rebasar el concepto disonante de «pelota de golf biodegradable» podrá comprar un juego de colchón y edredón por sólo 2.500 dólares. Quien ande mal de dinero pero quiera poner su granito de arena para mejorar el planeta puede comprar una caja de bastoncillos orgánicos para los oídos por sólo 8,99 dólares. Obviamente, es fácil burlarse de las pretensiones ecológicas de los ricos y los aburridos, pero lo que no se puede pasar por alto es la enorme influencia que ha tenido el consumismo ecológico en la mente y el bolsillo de la contracultura medioambiental contemporánea. Adbusters estará vendiendo zapatillas de deporte, pero ha llegado muy tarde a la fiesta. La Sustainable Style Foundation de Seattle (cuyo eslogan es «Cuida tu imagen, vive bien, ten conciencia») se creó en 1998 como organización no lucrativa consagrada a «educar, respaldar e inspirar a los profesionales y clientes estilosos de ayer y hoy para que transformen de manera positiva la sociedad y el medioambiente al tiempo que se expresan a través de un estilo propio en el trabajo, en el hogar y en los momentos de ocio». Entre sus sugerencias para apoyar el desarrollo sostenible en el mundo de la moda, la Sustainable Style Foundation sugiere que las personas, en la medida de lo posible, compren ropa y zapatos artesanales hechos con mano de obra local. La SSF también insiste en que, en el sector de alimentación y restauración, todos los productos deben ser orgánicos y producidos localmente. El origen de este concepto es el movimiento de «comida lenta» francés, que surgió en París en 1989 para luchar contra el azote internacional de la comida rápida (o, como dicen los franceses, la malbouffe). Sería difícil encontrar un mejor ejemplo de la convergencia de los ideales hippies y yuppies. Oficialmente conocido como el Movimiento Internacional en Defensa del Derecho al Placer, el manifiesto a favor de la comida lenta proclama lo siguiente: Nuestro siglo, que nació y creció sometido a la revolución industrial, primero inventó la máquina y después la convirtió en su ejemplo a seguir. Todos somos esclavos de la velocidad y hemos sucumbido bajo el mismo virus insidioso: la «vida rápida», que interfiere en nuestras costumbres, invade la privacidad de nuestros hogares y nos obliga a comer «comida rápida» […] Una firme defensa del sencillo placer material es la única manera de oponerse a la locura universal de la vida rápida. Mediante dosis razonables de un placer sensual lento, seguro y duradero conseguiremos protegernos del contagio de las multitudes que confunden el frenesí con la eficiencia. Nuestra defensa debería empezar por la mesa, donde comeremos «comida lenta». Debemos volver a descubrir los aromas y sabores de la cocina regional y eliminar los efectos degradantes de la «comida rápida». En el nombre de la productividad, la «vida rápida» ha cambiado nuestra manera de ser y constituye una amenaza para nuestro entorno y nuestro paisaje. Por lo tanto, la Comida Lenta es hoy la única respuesta verdaderamente progresista. Olvidémonos de unirnos al Cuerpo de Paz para ir a dispensar vacunas en alguna zona calurosa del mundo. Es mucho mejor coger la guía Michelín y encaminarse hacia Aix-en-Provence o la Toscana. Al fin y al cabo, la comida lenta es la única respuesta a todos los males de la civilización moderna. Aunque vivir bien quizá sea la mejor respuesta, comer bien es sin duda la política más progresista. En Canadá, sin embargo, el concepto de «comida lenta» no se vendió bien. Esto se debe a que en la mayor parte del país, la temporada de cosecha y recolección no dura más de cuatro o cinco meses. Por tanto, la cuisine canadiense abastecida con productos locales a menudo se enfrenta a una evidente escasez de verdura fresca. Al tener que elegir entre alimentarse de carne deshidratada y gachas o abandonar los principios de la comida lenta, una chef de Calgary halló una ingeniosa solución: trasladar su escuela de cocina al sur de Francia durante la temporada baja. De esa forma podría disfrutar de la exquisita cocina francesa y respetar el requisito de que todos los productos tengan una procedencia local. «La solución está en la simplicidad», explicaba. «Hay que saber de dónde viene la comida que comemos». Hace poco se ha comprado una casa en el pueblo de Aigües-Vives y una bicicleta para acudir al mercado donde venden sus productos los granjeros locales. ¿Quién iba a pensar que salvar al mundo pudiera ser tan pintoresco? Como experimento mental, elijamos cualquier ciudad norteamericana importante y hagámonos una serie de preguntas: ¿Dónde es más probable que vendan ropa y calzado hecho a mano? ¿Qué precio tendrán la fruta y la verdura fresca? ¿Cuáles serán los restaurantes que se abastecen de productos de la huerta local? Las respuestas a todas estas preguntas son, en cualquier caso, muy caras y no podrán hallarse más que en los mejores barrios de la ciudad (probablemente cerca de la zona universitaria). Inmediatamente surge la duda de si el consumo supuestamente concienciado con el medioambiente no será la enésima variante del consumismo rebelde. ¿Cómo hemos podido llegar a una situación en la que nuestros ciudadanos más respetuosos con el entorno tienen un concepto tan engreído y autocomplaciente de lo que constituye un compromiso político?

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