martes, 11 de marzo de 2014

13 frases | Rebelarse vende. El negocio de la contracultura | Heath ft Potter | III parte

1. Ésta es una breve lista de las cosas que a lo largo de los últimos cincuenta años se han considerado tremendamente subversivas: fumar, dejarse el pelo largo un hombre, llevar el pelo corto una mujer, dejarse barba, la minifalda, el biquini, la heroína, la música jazz, el rock, la música punk, la música reggae, el rap, los tatuajes, dejarse crecer el pelo de las axilas, el grafiti, el surf, el monopatín, el piercing, las corbatas estrechas, no llevar sujetador, la homosexualidad, la marihuana, la ropa rota, la gomina, el pelo cortado en cresta, el pelo afro, tomar «la pildora», el posmodernismo, los pantalones de cuadros, las verduras orgánicas, el calzado militar, el sexo interracial. Hoy en día, todos los elementos de esta lista salen en el típico vídeo de Britney Spears (con la posible excepción del pelo bajo las axilas y las verduras orgánicas).

2. Los rebeldes contraculturales han acabado siendo como esos agoreros del día del juicio final, que se ven constantemente obligados a retrasar la fecha vaticinada, conforme van pasando los días uno detrás de otro. Cada vez que el sistema «asimila» un símbolo de rebeldía, los muchachos de la contracultura se ven obligados a avanzar un paso más para establecer esa pureza de su credo alternativo que les permite diferenciarse de las odiadas masas. Al principio, los punks se agujereaban las orejas de arriba abajo. Cuando eso se popularizó, empezaron a perforarse la nariz, la lengua y el ombligo. Cuando las colegialas empezaron a imitarles, se pasaron a los estilos llamados «primitivos», como los pendientes incrustados en la oreja o los piercing ampallang genitales.

3. Huelga decir que esta autotransformación radical es característica de los movimientos contraculturales. El problema fundamental es que la rebeldía contra la estética y la vestimenta tradicional no es verdaderamente subversiva. El hecho de que la población decida llevar piercings, se vista de una manera determinada o escuche un estilo de música concreto carece de importancia para el sistema capitalista. Los gobiernos tienen una actitud esencialmente neutra ante los trajes de franela gris y las cazadoras de ciclista. Sea cual sea el estilo, siempre habrá fabricantes dispuestos a producirlo y venderlo. Todas las modas rebeldes tienen un elemento de distinción que automáticamente atrae a los imitadores. Como en realidad no conllevan una verdadera subversión, el gran público puede imitar el estilo sin problemas. Cualquiera puede ponerse un piercing o dejarse el pelo largo. De este modo, todo lo que sea «alternativo» o tenga un «toque especial» se «popularizará» inmediatamente.

4. Los productos nuevos parecen difundirse del mismo modo que lo hace el virus de un catarro o una gripe. El mejor modelo para estudiar su evolución no procede de la sociología, sino de la epidemiología. Es decir, las ideas, las modas, los comportamientos y los productos nuevos parecen difundirse del mismo modo que lo hace el virus de un catarro o una gripe. Es bien sabido que las epidemias no avanzan de una manera lineal, es decir, con una serie de brotes diarios que se conviertan en una plaga. Lo que sucede es que primero se infecta un pequeño grupo de personas y si no se les aisla rápidamente, enseguida contagiarán a un grupo mayor. Entonces, si este grupo se mezcla con la población general, la infección «reventará» y se convertirá de la noche a la mañana en una epidemia generalizada. La difusión de lo cool sucede de la misma manera. Empieza con un pequeño grupo de «innovadores» que son unos inconformistas congénitos, siempre pendientes de lo que hace, dice, se pone o usa una diminuta minoría de personas. A los innovadores les imita un grupo ligeramente mayor formado por los «primeros seguidores», que son lo que podríamos denominar los expertos en lo cool. Este grupo vigila constantemente a los innovadores y valora lo que están haciendo para decidir si sigue o no sus pasos. En caso afirmativo, una «mayoría avanzada» secundará rápidamente a los «primeros seguidores», y la tendencia se multiplicará exponencialmente conforme se incorporen los miembros de la «mayoría tardía» y las masas precavidas que jamás se atreverían a formar parte de la vanguardia. Finalmente, la epidemia de lo cool se irá apagando al tiempo que los «rezagados», los más resistentes a la moda y el cambio, se apunten desganadamente.

5. No Logo es una crítica feroz a la influencia de la publicidad sobre la economía actual. Sin embargo, quien lea el libro hasta el final descubrirá con estupor que no contiene ni una sola propuesta válida para solucionar todos los problemas que plantea

6.  Los enemigos de la masificación han proporcionado un arsenal de argumentos publicitarios a las empresas que venden productos no estandarizados. Por ejemplo, un sistema operativo informático se parece mucho a un teclado, es decir, el usuario obtiene un enorme beneficio de la estandarización y la compatibilidad. Dos empresas como IBM y Microsoft se hicieron con el mercado al establecerse desde el primer momento como el producto estándar. A partir de entonces, las empresas competidoras como Apple han intentado implantarse sugiriendo que quienes usan el producto estándar son unos conformistas víctimas del pensamiento único.

7. El individualismo no tiene nada de malo en sí, pero es importante no mantener nuestra individualidad a expensas del tiempo y el esfuerzo de los demás.

8. Con su inagotable capacidad para idealizar ciegamente todo lo que es distinto, a la contracultura siempre le ha fascinado el exotismo. Para saciar este interés podemos viajar a lugares como India y América Central; practicar las creencias y rituales religiosos de los chinos y los nativos americanos; o adoptar el idioma, la vestimenta y las tradiciones de otras culturas; por ejemplo, aprender lenguajes dialectales, ponernos pareos batik o empezar a hacer yoga. En cualquier caso, el objetivo siempre será el mismo: quitarse las ataduras de la modernidad tecnocrática y transformar nuestra conciencia de modo que podamos vivir una vida más auténtica.

9. Existe la profunda convicción de que la mal llamada civilización nos ha hecho perder el contacto con nuestra verdadera esencia, con el auténtico significado de la vida. Pero si la gran culpable es la civilización, entonces es obvio que la «realidad» aún debe de existir en algún otro lugar, es decir, en las culturas primitivas, las religiones esotéricas o incluso la historia antigua. Un tema recurrente es el del «buen salvaje», que aparece en los textos políticos de Jean-Jacques Rousseau, los libros de Gustave Flaubert sobre sus viajes por Egipto y los cuadros que pintó Paul Gauguin en Haití. En opinión de Rousseau, el hombre primitivo sería feliz mientras pudiera autoabastecerse, colmar su necesidad innata de comida y sexo sin verse afectado por la desigualdad que caracteriza a la sociedad moderna. Según el francés, en los grandes países europeos el ser humano se había alienado de su verdadera esencia con la creación de una serie de necesidades artificiales y falsas obligaciones, tales como la cortesía hipócrita que enmascaraba la tremenda crueldad de la sociedad burguesa.

10. Desde Siddhartha de Hermann Hesse hasta Las enseñanzas de don Juan, de Carlos Castaneda, los rebeldes contraculturales han buscado desesperadamente el modo de huir de la civilización occidental (a través de un mundo milagrosamente desprovisto de las restricciones deprimentes de la vida cotidiana). El Libro tibetano de los muertos y el I Chingse convirtieron en las biblias gemelas de ese movimiento emergente. El resultado fue una desmesurada proyección de anhelos y fantasías contraculturales sobre el mundo no occidental. Quizá no podamos hallar la Tierra Media o visitar a los «grandes antiguos» en los espacios interestelares, pero podemos peregrinar a India o viajar a Nepal o descubrir algún otro país exótico, todo lo lejos del nuestro que nos sea posible. Y si no podemos recorrernos el mundo, siempre tendremos la posibilidad del viaje interior, hacia las profundidades de nuestro más recóndito ser. En cualquiera de los dos casos, el escapismo se convirtió en la actividad principal de la contracultura.

11. Linchi, maestro zen de la época T'ang, afirmaba que «el budismo no requiere ningún esfuerzo. Hay que ser corriente, nada especial. Comed vuestra comida, haced de vientre, orinad y cuando estéis cansados id a descansar. Los ignorantes se reirán de mí, pero los sabios lo entenderán». Y uno de los poemas zen más antiguos sugiere que «si queréis alcanzar la más pura verdad, no intentéis dilucidar entre el bien y el mal. El conflicto entre el bien y el mal es una enfermedad de la mente».

12. Una de las virtudes básicas de la autenticidad es su carencia de industrialización. Lo auténtico se hace a mano, con componentes naturales y por motivos tradicionales, es decir, no comerciales. La masificación de la vida moderna es necesariamente artificial y alienante, de modo que la autenticidad sería una virtud de la vida premoderna.

13. La sanidad como institución tiene todos los estigmas de la sociedad de masas. De hecho, podría parecer una pesadilla derivada del dominio tecnocrático. La sanidad es una institución impersonal y burocrática que ingresa literalmente a sus pacientes en un sistema informático cuyo número asignado deben llevar obligatoriamente en una pulsera identificadora. La estructura interna de la organización tiene una clara jerarquía con grupos claramente reconocibles por sus uniformes. Los médicos (hombres en su mayoría) tienen a sus órdenes a las enfermeras (mujeres en su mayoría). En general, el sistema aboga por la intervención tecnológica y el control instrumental de las enfermedades. Los diagnósticos y tratamientos se basan casi enteramente en el análisis estadístico, no en la situación concreta del paciente individual. Quien quiera saber lo que es sentirse una pieza del engranaje no tiene más que ir a un hospital.

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