domingo, 16 de febrero de 2014

13 Otras frases | "Rebelarse Vende: El negocio de la contracultura" | Heath ft. Potter

1. El movimiento contracultural ha padecido, desde el primer momento, una ansiedad crónica. La doble idea de que la política se basa en la cultura y la injusticia social en la represión conformista implica que cualquier acto que viole las normas sociales convencionales se considera radical desde el punto de vista político. Obviamente, esta idea resulta tremendamente atractiva. Al fin y al cabo, la organización política tradicional es complicada y tediosa. En una democracia, la política involucra necesariamente a enormes cantidades de personas. Esto genera mucho trabajo rutinario: cerrar sobres, escribir cartas, hacer llamadas, etcétera. Montar agrupaciones tan gigantescas también conlleva una sucesión interminable de debates y acuerdos. La política cultural, en cambio, es mucho más entretenida. Hacer teatro alternativo, tocar en un grupo de música, crear arte vanguardista, tomar drogas y llevar una alocada vida sexual es sin duda más ameno que la organización sindical a la hora de pasar un buen fin de semana. Pero los rebeldes contraculturales se convencieron a sí mismos de que todas estas actividades tan entretenidas eran mucho más subversivas que la política de izquierdas tradicional, porque atacaban el foco de la opresión y la injusticia a un nivel «más profundo». Por supuesto, esta convicción es puramente teórica. Y como está claro quiénes son los que se benefician de ella, cualquiera que tenga una mentalidad mínimamente crítica sospechará de ella. Los rebeldes contraculturales siempre han hecho grandes esfuerzos para convencerse a sí mismos de que sus actos de resistencia cultural tienen importantes connotaciones políticas. No es casual que Lester, el personaje de American Beauty, deba morir. Su conducta supone tal amenaza para el sistema que hay que eliminarlo, cueste lo que cueste. La «muerte del protagonista rebelde» está tomada directamente del cine de la década de 1960. Desde Bonniey Qytfe hasta Easy Rider, los disidentes siempre acaban cayendo.

2. Divertirse es el acto más transgresor de todos. Éste es un tema increíblemente redundante en la cultura popular.

3. El concepto de contracultura, a fin de cuentas, se basa en un equívoco. En el mejor de los casos, es una pseudorrebeldía, es decir, una serie de gestos teatrales que no producen ningún avance político o económico tangible y que desacreditan la urgente tarea de crear una sociedad más justa.

4. Thoreau, que pasó dos años «malviviendo» en una cabaña junto al lago de Walden, en Massachusetts (hoy sabemos que su madre le preparaba la comida y le lavaba la ropa), escribió que «las masas llevan una vida de silenciosa desesperación».

5. Los teóricos contraculturales niegan la existencia del «mal». Lo único que ven son corazones destrozados y trabajadores sociales que intentan arreglarlos. Si se topan con un criminal depravado, dirán que ha salido así por haber tenido una infancia dolorosa. Son demasiado débiles para afrontar la dura realidad, es decir, que algunas personas nacen malvadas y deben ser controladas o recluidas.

6. El estadounidense medio pasa más de treinta minutos al día haciendo cola para conseguir algo.

7. Ser libre para oponerse a la tiranía no es lo mismo que ser libre para hacer lo que a uno le dé la gana en beneficio propio.

8. Cuando Baudrillard intenta describir estas ne cesidades supuestamente ficticias, el libro adquiere un matiz inesperadamente cómico. En una sección dedicada a analizar el artilugio o «gadget» —un objeto inútil que sirve como símbolo de estatus social—, uno de los objetos que tacha de especialmente ridículo es el limpiaparabrisas de dos velocidades. Parece ser que allá por 1970, este pequeño invento les pareció muy ostentoso a los intelectuales franceses. Cómo han cambiado las cosas en los últimos treinta años. Sería interesante saber qué opinaría Baudrillard de los coches modernos equipados con limpiaparabrisas de velocidad variable por no hablar de su exótica opción «intermitente». ¿De verdad son inútiles estos artilugios? ¿Quién compraría hoy en día un coche que no tuviera limpiaparabrisas de velocidad variable? ¿Y hacer lo implica que nuestras necesidades sean totalmente efímeras y formen parte de un sistema ideológico gobernado por el capital (o por los fabricantes de automóviles) ? ¿No será que los limpia-parabrisas de velocidad variable son realmente útiles ? ¿Quién puede decidir arbitrariamente lo que es útil y lo que no, o qué necesidades son auténticas y cuáles son falsas? Limitarse a afirmar que todas las necesidades son ideológicas no parece servir de mucho. ¿Qué saca en claro Baudrillard llamándonos «ingenuos» por creer que necesitamos unos limpiaparabrisas de velocidad variable? Al leer La sociedad de consumo, es fácil imaginarle con un traje negro mal planchado, fumando un Gauloise, sentado en la terraza de Les Deux Magots, quejándose del tráfico, ironizando sobre los estadounidenses y esos limpiaparabrisas tan estrafalarios que han inventado.

9.
El término «consumismo» siempre parece afectar sólo a lo que compran los demás.

10. En caso de que los miembros de las clases sociales superiores consuman productos estéticamente inferiores, es esencial que lo hagan irónicamente, dando a entender que son artículos de mál gusto. Ésta es la esencia del kitsch.

11. Cuando un estilo artístico se populariza, como sucedió con el Grupo de los Siete en Canadá o Salvador Dalí en Estados Unidos, los árbitros de la elegancia estética automáticamente lo bajan de categoría. Precisamente porque se han masificado, saber apreciarlos ya no sirve como símbolo de distinción. Cuando esto sucede, el «buen gusto» se orienta hacia estilos más inaccesibles, menos conocidos.

12. El gran defecto de la sociedad de masas es que convierte a los individuos en miembros del rebaño, piezas del engranaje, víctimas de un conformismo descerebrado. Todos llevan unas vidas vacías y superficiales, dominadas por valores frivolos y materialistas. El sistema les manipula para amoldarlos a sus requisitos funcionales e impedir que sepan lo que es la auténtica creatividad, la libertad o la satisfacción sexual completa. Pero, claro, dicho todo esto, ¿quién iba a querer ser miembro de la sociedad de masas? La gente más bien querrá demostrar como sea que no son víctimas del conformismo, que no son una simple pieza del engranaje. Y, por supuesto, al divulgarse una imagen negativa de la sociedad de masas, todos procuraban hacer precisamente eso, distanciarse. Por tanto, la rebeldía contracultural —que rechazaba las normas de la sociedad «tradicional»— se convirtió en un importante símbolo de distinción. En una sociedad que premia el individualismo y desprecia el conformismo, ser un «rebelde» constituía ya una nueva categoría transicional. «Atrévete a ser diferente», nos dice constantemente la publicidad. En la década de 1960, ser un beat o un hippie era una forma de demostrar que uno no era un «estrecho» ni un tonto. En la década de 1980, vestirse como un punk o un goth servía para dejar claro que uno no era pijo ni yuppie. Era una forma de demostrar claramente el rechazo de la sociedad tradicional, pero también una afirmación tácita de superioridad. Equivalía a telegrafiar un mensaje que venía a decir «yo, al contrario que tú, no me he dejado engañar por el sistema. No soy un peón descerebrado».

13. Se ha acusado a la empresa Nike de «apropiarse» de la rebeldía de la década de 1960 al usar en su publicidad la canción «Revolution» de los Beatles o al contratar al escritor beat William Burroughs como portavoz. Pero también existen empresas como Vans, que genera 300 millones de dólares al año vendiendo el concepto de «deporte alternativo».




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