lunes, 2 de septiembre de 2013

Fragmento de Nexus | Henry Miller

Ni siquiera una vez se detuvo el río a meditar o preguntar, ni siquiera una vez intentó modificar su curso: siempre hacia adelante, hacia adelante, lleno y constante. Al mirar hacia la orilla, ¡que parecidos a bloques de juguete eran los rascacielos que ensombrecían la ribera! ¡Qué efímeros, qué insignificantes, qué vanos y arrogantes! En aquellas tumbas grandiosas hombres y mujeres bregaban día tras día matándose el alma para ganarse el pan, vendiéndose, vendiendo a Dios incluso, algunos de ellos, y hacia la noche salían en masa, como hormigas, atascaban los arroyos de las calles, se sumergían en el metro o escapaban con paso presuroso para enterrarse de nuevo, no en tumbas grandiosas aquella vez, sino, como podres diablos agotados, consumidos y derrotados que eran, en chozas y conejeras que llamaban "el hogar". De día, el camposanto del sudor y la desesperación. Y aquellas criaturas que tan bien habían aprendido a correr, rogar, venderse a si mismos y a sus semejantes, a bailar como osos o actuar como perros amaestrados, siempre traicionando su naturaleza, aquellas mismas criaturas miserables se desplomaban de vez en cuando, lloraban como fuentes de aflicción, se arrastraban como culebras, emitían sonidos concebibles sólo en animales heridos. Lo que querían expresar con aquellas payasadas horribles era que ya no podían más, que los poderes de arriba los habían abandonado, que, si no hablaba con ellos alguien que entendiera su lenguaje de angustia, estaban perdidos, deshechos y traicionados para siempre.

- Henry Miller, Nexus

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