martes, 9 de julio de 2013

5 Citas de "A este lado del paraíso" | Francis Scott Fitzgerald

1. Carece de principios; su filosofía es carpe diem para ella y laissez-faire para los demás.

2. —El amor y la belleza pasan, ya lo sé… Ya sé que hay tristeza. Supongo que una gran felicidad es siempre un poco triste. La belleza está en el aroma de las rosas, y cuando la rosa muere…

3.  Ay, Dios, qué placer era soñar que uno podía llegar a ser un gran dictador o escritor o un dirigente religioso o político…, pero ahora ni siquiera un Leonardo da Vinci o un Lorenzo de Médicis pondrían una pica en este mundo. La vida es demasiado vasta y compleja. El mundo ha crecido tanto que ya no puede mover sus dedos, y yo había pensado llegar a ser uno de esos dedos…

4. —Queremos creer. Los estudiantes quieren creer en autores consagrados, los electores tratan de creer en los diputados, los países tratan de creer en sus dirigentes, pero no pueden. Demasiadas voces, demasiada crítica desperdigada, ilógica, precipitada. Y todavía es peor con los periódicos. Cualquier hombre rico y retrógrado, con esa mentalidad particularmente acaparadora y adquisitiva propia del genio de las finanzas, puede ser propietario de un periódico que es el alimento espiritual de miles de hombres cansados y apresurados, demasiado ocupados con sus negocios para poder tragar otra cosa que ese bocado ya digerido. Por dos céntimos el votante compra su política, prejuicios y filosofía. Un año más tarde cambia el corro de la política o el propietario del diario; consecuencia: más confusión, más contradicción, la irrupción de nuevas ideas, su adobo, su destilación, la reacción contra ellas…

5. —¡Qué mundo podrido, qué mundo podrido! —exclamó de pronto Eleanor—, y lo peor de todo soy yo. ¿Por qué seré mujer? ¿Por qué no seré un estúpido…? Fíjate en ti; tú eres más estúpido que yo, no mucho más, pero sí algo más, y tú puedes divertirte y aburrirte y volverte a divertir; y entretenerte con las mujeres sin caer en la red de los sentimientos, y hacer cualquier cosa que esté justificada; y en cambio yo, con una cabeza suficiente para hacer cualquier cosa, amarrada al barco de un matrimonio futuro que ha de naufragar. Si naciera dentro de cien años, bueno fuera; pero ahora, ¿qué me está reservado? Me tengo que casar, se da por sabido. ¿Con quién? Soy demasiado inteligente para la mayoría de los hombres, y, sin embargo, tengo que descender a su nivel y dejarles cuidar mi intelecto para atraer su atención. Cada año que tarde en casarme pierdo una oportunidad de conseguir un hombre de primera categoría. Como mucho puedo elegir en una o dos ciudades y, naturalmente, me casaré con un smoking. Escucha —se acercó a él—, me gustan los hombres inteligentes y de buen aire, y nadie se preocupa de la personalidad más que yo. Sólo una persona de cada cincuenta sospecha lo que es el sexo. Estoy harta de Freud y todo eso; pero es una porquería que todo «verdadero» amor en el mundo sea noventa y nueve por ciento de pasión y una leve sospecha de celos —terminó tan abruptamente como había empezado.

6. —Cuando la vida se apodera de un hombre de talento y buena educación —empezó Amory lentamente—, esto es, cuando se casa, se convierte, nueve veces de cada diez, en un conservador en lo que se refiere a las condiciones sociales existentes. Puede ser generoso, amable e incluso justo a su manera; pero su primera obligación es proveer y conservarse. Su mujer le azuza: primero diez mil al año, luego viente mil y así sucesivamente, cogido por un mecanismo del que no hay escape. ¡Está listo! ¡La vida le ha cogido! ¡No tiene remedio! Es un hombre espiritualmente casado.


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