sábado, 30 de marzo de 2013

Rabia | Pablo Ruiz San

Mira a Baudelaire haciendo un pacto de sangre
con la podredumbre y su sífilis,
pensando en cadáveres y en el aliento podrido
de las flores,
atreviéndose a descender más allá de la sustancia
de las cosas, en esa decadencia de los sentidos
en que  se confunden unos con otros.
Mira a Dostoievski convulso,
 chocando su cabeza contra el suelo,
masticando el placer nauseabundo de crear,
como engullir cuerpos de dioses,
y vomitar sus órganos no digeridos  
en las orejas de una doncella ciega.
Mira a Rimbaud exiliado de sí mismo,
dosificando su silencio, declamándolo
en la noche del mundo,
esperando el beso de la muerte.
Míralos a ellos y a todos los otros:
Pizarnik, Plath, García Lorca,
corroídos por esta sustancia nociva,
presas de lo inefable
que saben que escribir poesía
es desear la negación de la muerte,
dar un discurso antes de ella
hablando a gritos,
decir: Moriré una vez afónico,
pero sabiendo que cada palabra
merece una afonía,
en una labor eterna,
demasiado larga para un solo hombre.
Pero haciéndolo al fin y al cabo
como un perro rabioso,
que hambriento,
muerde su lengua.

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