jueves, 28 de marzo de 2013

¿Qué otra cosa, como no sea este bendito y milagroso intervalo de ser y de autoconocimiento? Si hay algo que honrar y bendecir es, sencillamente, esto: el preciado don de la mera existencia. Vivir desesperado porque la vida tiene fin, o porque carece de un propósito superior, de un designio implícito, es una grosera ingratitud. Inventar un creador omnisciente y dedicar la vida a una interminable genuflexión no tiene sentido. Y también es un desperdicio. ¿Para qué derrochar todo ese amor volcándolo en un fantasma cuando hay tan poco amor en el mundo? Mejor adoptar la solución de Spinoza y Einstein: sencillamente agachar la cabeza, aceptar las elegantes leyes y el misterio de la naturaleza y proseguir con la tarea de vivir.

- Irvin D. Yalom

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