lunes, 26 de noviembre de 2012

Hablé con mi niño. Le dije que debía alegrarse de que no lo lanzara a este mundo lúgubre, donde las mayores alegrías están teñidas de dolor, donde somos esclavos de las fuerzas materiales. Se agitó y pateó. Tan lleno de energía, ay, mi niño, mi criatura creada a medias que devolveré a la néant. A la oscuridad y a la inconsciencia, al paraíso del no ser. Te he conocido. He vivido contigo. Tú eres solo el futuro. Eres a abdicación. Yo vivo el presente, con hombres más próximo a la muerte. Quiero hombres no una futura extensión, una rama de mi misma. Mi pequeño aun no nacido, siento cómo tus piececitos patean el interior de mi útero. Mi pequeño, aun no nacido, esta muy oscuro el cuarto en que tú y yo estamos sentados, tanto como debe ser el interior de mí donde tú estas, pero debe de ser más dulce para ti yacer en la tibieza que para mi buscar en este cuarto en tinieblas la felicidad de no saber, no sentir, no ver, la felicidad de estar inmóvil y muda en la tibieza total y la penumbra. Todos buscamos eternamente este vivir sin dolor, vivir sin ansiedad ni miedo ni soledad. Sientes impaciencia de vivir; pateas con tus piececitos, mi pequeño, aún no nacido; deberías morir. Deberías morir antes de conocer la luz o el dolor o el frío. Deberías morir en la tibieza y la oscuridad. Deberías morir porque no tienes padre.

- Anaïs Nin

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