miércoles, 10 de octubre de 2012

Parecía la cabeza separada de un soñador intentando recibir los labios hambrientos de alguien convocado desde un lugar remoto y, como los repliegues de las plantas exóticas que se retuercen y agitan por la noche, nuestros labios en búsqueda incesante, se encontraron por fin, se cerraron y sellaron la herida que hasta entonces había sangrado sin cesar. Fue un beso que borró el recuerdo de todas las penas; restañó y curó la herida. Duró un tiempo infinito, un periodo olvidado, como entre dos sueños no recordados y después, como si los pliegues de la noche se hubieran interpuesto suavemente entre nosotros, quedamos separados y mirándonos, traspasando los colgantes velos de la obscuridad con una sola mirada hipnótica. Así como antes los húmedos labios se habían juntado - como pétalos esponjosos y frágiles sacudidos por una tormenta-, así también se unieron los ojos entonces, reunidos por la corriente eléctrica de un reconocimiento contenido por mucho tiempo. En ninguno de ambos casos pareció haber la menor intervención de las facultades mentales: todo fue independiente de la mente y la voluntad. Fue como la unión de dos imanes, de sus opacos y grises términos; las partes que no habían cesado nunca de buscarse se habían juntado por fin.

- Henry Miller, Sexus

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