miércoles, 31 de agosto de 2011

La metrópolis y la vida mental

Dentro del texto de mismo nombre escrito por Georg Simmel vemos como el analiza y describe bajo su propia interpretación las cualidades de la psique de una persona ubicada dentro de la metrópoli. El autor expone que dentro de la metrópoli la vida subjetiva e individual de las personas se ve transportada a un segundo plano. Dentro de estas grandes ciudades las imposiciones culturales, históricas y de especialización tecnológica han demandado características automatizadas en ellos. Por medio de esta especialización se creó una dependencia y una red de necesidades que solo se podían satisfacer en relación con el otro desde un punto de vista formalizado y organizado.

Así, la personalidad se fue ajustando a las exigencias de la vida social. Dentro de las ciudades las situaciones sicológicas que se obtienen son aquellas impresiones momentáneas o duraderas que estimulan al hombre, ocupando las primeras mayor grado de conciencia debido a lo inesperado y; las segundas por habituales y regulares son menos demandantes dentro de la conciencia.

Simmel explica que el tipo metropolitano de hombre existe en más de una manera pero que todos tienen como referencia el actuar con “su cabeza y no con su corazón” […] la prerrogativa por encima de los sentimientos psíquicos.” Y esto los aleja de su verdadera personalidad como protección contra la vida urbana.

Dentro de la metrópoli existen dos variables primordiales: la economía monetaria y el predominio del intelecto (yo diría, mayor uso de la tecnología) y que, estas dos cosas tienen una estrecha relación con la forma en la que actúa el individuo y con el individuo. Afirma que dentro de la metrópoli ahora todo es visto como una mercancía cuantificable. “El dinero hace referencia a lo que es común a todo; el valor de cambio reduce toda calidad e individualidad a la pregunta: ¿Cuánto cuesta?”

A través de esta naturaleza metropolitana de estrecha relación con el dinero se ha logrado que la gente comparta características de orden e integración como la puntualidad, la exactitud y el cálculo ya que sin esto la gran red de actividades y el engranaje que estas representan se miraría mermado o llegaría a un estado caótico en una forma exagerada de ejemplificación que da el autor.

Otros fenómenos psíquicos comunes dentro de la metrópoli que denominó Simmel son; el blasée, que es lo mismo que el hastío o la desgana, y que se da debido a la cantidad tan grande que la ciudad exige de la energía personal. Cuando se presenta este fenómeno existe una carente capacidad de valoración y todo da igual, “ningún objeto merece preferencia sobre otro. […] el dinero expresa todas las diferencias cualitativas.” Y otro, cuando no nos convertimos en personas con una gran cantidad de apatía, es la reserva. La comunicación solo es utilizada en formalismos y cuando se es necesaria. Se menciona como ejemplo que ni siquiera conocemos a nuestros vecinos. “Es esta reserva la que nos hace fríos y descorazonados […] la antipatía nos protege, precisamente de estos dos peligros típicos de la metrópoli: la indiferencia y la extrema susceptibilidad a las sugerencias mutuas.”

Así vemos como dentro de estas grandes ciudades es imposible una libertad individual real. Dentro de estos constructos se generaliza el sentimiento de soledad y desubicación como algo común. El hombre metropolitano es “libre y diferente” dentro de los aspectos que permanecen establecidos como correctos para el funcionamiento de la ciudad. Las urbes son sedes de estratificaciones inmensas y la diferencia se da en planos materiales e instrumentales.

No hay comentarios: